Hace pocos días llegó a mis manos una antigua foto de
mi tío Emilio. Está muy deteriorada, dado que alguna vez se mojó con agua. Hoy
justamente se cumplen 20 años de la desaparición del Tío Emilio.
En realidad era mi tío abuelo, casado
con la tía Luisa (a la que le decíamos “Tanta” por una derivación de “Tante”
(tía, en francés), hermana de mi abuela. No tenían hijos.
El tío Emilio era aficionado a la
fotografía y también al cine. Gracias a él, tenemos hoy filmaciones muy
antiguas de mi familia, algunas pocas de fines de la década del 30, y otras que
van de la década del 40 a
la del 60: el casamiento de mi tía Mabel, mi mamá a los 6 o 7 años, las
reuniones familiares, y tantos otros acontecimientos.
La Tanta y el tío
Emilio siempre fueron los tíos abuelos que más quedaron grabados en mi memoria;
si bien tenía otros tíos abuelos que vivían a sólo un par de cuadras de mi casa,
mientras ellos dos vivían en Cruz Alta y sólo los veíamos cada tanto, cuando
venían a Marcos Juárez para las fiestas o nosotros íbamos allá.
Fue justamente en una de esas fiestas
-la navidad de 1988- que el tío Emilio me regaló mi primera máquina de fotos,
marca Casio.
Todo se dio porque previamente, yo me
había comprado con toda ilusión una máquina de fotos para niños que había
salido. Ni siquiera se la podía llamar máquina de fotos, era más bien un
juguete que sacaba fotos. Su nombre “Hi Color Micro 110”, era mucho más
sofisticado que la cámara, en realidad. Como en ese momento él estaba de visita
en Marcos Juárez, le fui a preguntar si sabía cómo funcionaba. Él, quizás
conmovido por mi intento de hacerla funcionar, no pudiendo saber si realmente
servía, me regaló más tarde la cámara Casio. En esa navidad de 1988 saqué mis
primeras fotos, aconsejado por él, y a pesar de mi gran timidez. Esas fotos
fueron tambiñen el registro de la última Navidad que la Tanta y el tío Emilio
pasaron con nosotros.
El tío Emilio vivía la paradoja del
fotógrafo, la que implica, tener el poder de “congelar momentos”, pero por esa
misma razón, no poder quedar incluido en esas mismas imágenes. El tío Emilio
era “el hombre detrás de la cámara”, ya sea de fotos, o de cine.
La Tanta y el tío
Emilio fueron ese tipo de personajes de la niñez que uno nunca olvida. En estos
días recuerdo con cierta nitidez la voz del tío Emilio, incluso su olor. Tenía
cierto carisma, y una forma particular de demostrar afecto. Solía, a modo de
caricia, agarrar muy fuerte de la piel debajo de la mandíbula, tan fuerte que
dolía, pero él no se daba cuenta.
La Tanta también es
un personaje inolvidable. Siempre tenía algún problema de salud, pero por su
forma de ser, era una persona que causaba gracia. La veo todavía en la cocina
de mi abuela, a la hora “del te”, preguntándonos a mi hermano y a mí si
tomábamos “biscuik” (por “Nesquik”). La Tanta era aficionada a la pintura. Pintaba
cuadros al óleo, con una gran paciencia. Creo que al no haber podido tener hijos,
ponía en esos cuadros todo el amor y la dedicación que no había podido brindar.
Hoy alguno de esos cuadros adorna las paredes de mi casa. Porque sé que en esas
pinceladas al óleo que se unen formando paisajes o ramos de rosas está lo mejor
de mi tía Luisa. Es su legado.
Recordarlos a ellos es recordar una
parte de mi niñez, cada vez más lejana pero imborrable. Y recordarlos no con
nostalgia, sino con alegría, agradeciendo esas huellas que dejaron en mí, esos
destellos de alegría.